Érase una vez… el Messenger

Érase una vez una época en que dedicábamos de manera muy religiosa todo nuestro tiempo, tanto el libre como el que no, a ese programa que nos consumió el alma por unos buenos años: el MSN Messenger. Al principio ni siquiera existía Gmail, y pues la moda (o lo único que conocíamos) era el hoy detestado Hotmail. Claro, también estaba Yahoo, que de hecho era mucho mejor, e incluso todavía algunos lo usan, pero así como el BlackBerry, MSN fue lo que pegó primero por estos lados, y lo que marcó un capítulo en la vida de muchos. Hoy en día, y pensando en retrospectiva, he concluido que el Messenger era lo más parecido al Facebook que teníamos en aquella época.

Al conocer a alguien, la pregunta usual no era si tenía Facebook, o si tenía PIN, o si tenía WhatsApp, sino: ¿tienes mesinyer? Por supuesto que todos tenían, sino no estaban en nada. La mayoría siempre daba una dirección @hotmail.com, aunque nunca faltaban los divos con correos @msn.com, o con @hotmail.es. De hecho habían unos “trucos” para poder registrar las direcciones @msn.

A veces, cuando una chama me gustaba, no me despegaba de la computadora esperando que me aceptara, o en este caso, que se conectara, la cual era la forma de saber que te habían aceptado, y de paso, que esa persona estaba allí, en línea, frente a su computadora, disponible para escribirle. Era una emoción indescriptible. ¿Será que le escribo ahorita? ¿Me aguanto un pelo? ¿Y si se desconecta? Bueno, está ausente, pero, ¿y si está allí? ¡Qué dilema!

El Messenger servía para tantas cosas y era tan útil en esos momentos, que ciertamente era difícil prescindir de él. Primero, ni siquiera había YouTube, y no todos usaban los programas de descarga de música como KazaA o eMule, por miedo a bajar algún virus (ciertamente, los antivirus no servían para nada, más de una vez me trasnoché eliminando un troyano), por lo que siempre le pedíamos a los demás que nos pasaran alguna canción (así durara siglos para llegar). Lo mismo para las fotos: no teníamos Facebook para chequear a los demás, por lo que si queríamos ver a alguien, había que aplicar el “¿tienes foto? ¿me pasas una?” (alguna vez no tuve de otra sino poner en no admitir a alguna desconocida de un chat luego de ver su foto).

¡No admitir! El botón más poderoso de todo el programa. Cero dramas, cero explicaciones, cero discusión. Si alguien te ladillaba, te fastidiaba mucho, o había algún peo, no se titubeaba, lo ponías en NO admitir y listo. Siempre estaba el beneficio de la duda, porque realmente no sabían si los habías bloqueado o te habías desconectado. Recuerdo que los amigos en común a veces me preguntaban: Fer, ¿Luisana está conectada? Pero ya Luisana me había dicho que dijera que no en caso que su novio me preguntara. Otros optaban por poner en no admitir a esa persona y a todos los amigos comunes para ahorrarse explicaciones. Incluso habían unas páginas que se llamaban “quién te puso en no admitir”, o algo así, y que terminaban cambiándote el nick y a veces hasta la clave.

Entonces, ¿en qué más se parecía al Facebook? Pues en que no hacíamos nada productivo, pero por alguna razón, cuando teníamos una computadora, era lo primero que abríamos, y si no estaba, era lo primero que instalábamos. La mayoría de la actividad que ocurría allí, no era más que producto de la ociosidad, y los temas de conversación no solían fluir más allá de un ¿qué haces? Nada, ¿y tú? Nada tampoco. Claro, a veces nos tirábamos unas mega conversaciones toooda la noche, pero igual, poco productivas.

En Facebook se arman buenas conversaciones, serias o no, cuando alguien publica un estado y entre todos los conocidos comienzan los comentarios. Acá pasaba algo similar, pero eran las famosas conversaciones múltiples, donde todos podían agregar gente para armar la joda. Unas cuantas veces se me colgó la computadora del gentío que había; lo peor es que no podías evitar que te invitaran a esas convers.

Recordar el Messenger también nos ayuda a descubrir que la estupidez siempre ha existido y no es un efecto adverso de las tendencias actuales. Por ejemplo, nunca faltaba el que ponía en su estado “ocupado, no molestar”, pero que no se atrevía a cerrar su sesión, o dejaba los estados preestablecidos de adorno. Aunque pensándolo bien, el “ausente” la gente lo usaba era para que creyeran que no estaban en la compu, y el “no disponible” para que no saliera la ventanita cada vez que alguien se conectaba. Recuerdo ese de “al teléfono”, que nunca vi a alguien usar. Parece que preferían enviar el icono del telefonito a cada una de las personas con las que hablaban; bueh

Quisiera aprovechar la oportunidad para aclarar algo, ya que actualmente y considerando que esa vaina ya no la usa nadie (sólo unos pocos que se quedaron en la prehistoria), no hay ninguna razón para mentir, como muchos creyeron que lo hice en ese momento. Las cuentas de correo, los mesinyers, NO se pueden hackear, o sea, no había manera de conseguir una contraseña, al menos no por métodos tradicionales, y sólo se podía lograr por métodos sociales que explicaré en un momento. Yo como aficionado a la informática que era, recibía constantemente la pregunta “Fer, ¿tú sabes jaquear el mesinyer? Es que hay una tipita que no la soporto”. Siempre les dije “eso no se puede hacer”. Y me decían “anda vale, yo no le digo a nadie, queda entre nosotros, yo te pago, no seas rata, anda vale”, pero yo no lo decía por asuntos de moral, sino que realmente era algo imposible. NO existía un programa que le metieras el correo y te diera la clave; era uno de los grandes mitos de la época. ¡Claro! La cuenta de más de uno igual rodó, pero, no mediante métodos mágicos de soplar y hacer botellas, sino mediante la denominada ingeniería social, la cual era así:

Había un método que consistía en enviar una postal de amor, cumpleaños, felicitaciones, o lo que fuere, que se puso de moda con unas que presuntamente llegaban de la página gusanito.com, pero que en realidad era una página disfrazada, que cuando hacías clic para ver la postal, te mandaba a una página idéntica a la de Hotmail, pidiendo tu contraseña. Una vez que colocabas la contraseña, ésta era enviada a la persona que te envío la postal, y de hecho la página te mostraba la postal, por lo que no quedaban sospechas. Ingenioso, ¿no?

– Otro método era el utilizado por los duros del momento, quienes diseñaban virus que venían adjuntos en los correos electrónicos, y que al abrirlos, se instalaban de manera oculta, mientras veíamos a un gato tocando el piano o alguna cadena de PowerPoint (vean que las cadenas no nacieron en el Blackberry, aunque muchos de sus dueños así lo piensen), y reportaban la contraseña cuando la escribías. Misterio resuelto.

Y cuando ya habíamos entrado en total confort con el Messenger, llegó el Messenger Plus! A complicarnos la vida nuevamente, pero que era justo y necesario tener, ya que sino los nicks de nuestros contactos se veían como un montón de códigos raros. Instalábamos el plus, y ¡bam! Todos los nicks con degradados de colores y unas decoraciones espléndidas, todo para poner el nombre. El plus también marcó un antes y un después en los “no recuerdo que me hayas dicho eso”, porque podías sacarle en cara a la gente todo lo que habían dicho, gracias a los historiales de conversaciones (que también ayudaron a más de uno a saber si le estaban montando cachos).

También fue con el Messenger que muchos comenzamos a utilizar las videollamadas (de una calidad pésima), otros tuvieron su primera sesión de cyber-sex, y algunos dedicaban parte del día a mandar muchísimos zumbidos. Habían hasta juegos para compartir con quien hablabas, aunque muchas veces se colgaban.

Cuando llegó Gmail, con su maravilloso Gtalk, que personalmente me encantó, traté de llevarme a muchos para allá, porque el Messenger se había convertido en un arroz con mango; era super difícil encontrar a alguien en la lista de conectados, gracias a sus nicks llenos de serpentinas y papelillos, además de símbolos y frases trilladas. La verdad es que casi todos se negaron (misma historia con los que trato de sacar del mundo Blackberry). Sin embargo, llegó el Facebook, quien fue el antibiótico definitivo que acabó con el msn (y con nuestra privacidad). Si nos ponemos a ver, realmente no usábamos el msn para comunicarnos, sino para consumir la mayor cantidad de tiempo posible. Sé que todavía hay gente afectuosa y primitiva que no se atreve a dar ese gran paso y borrarlo completamente de sus vidas, pero los exhorto a que tomen un salto a ciegas, para que así el programa salga del purgatorio y pueda finalmente descansar en paz.


Fer
Ingeniero de la República; campeón de las Olimpiadas de Matemática en 1998 y crítico atorrante de las malas costumbres, por Chocozuela.com.

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